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En Grand Central Station Me senté y lloré, de Elizabeth Smart
Editorial Lumen, 1996

Sucede que alguna vez inusitada, uno se enamora de alguien antes de conocerlo. Leyéndolo. Y se busca a ese alguien hasta provocar que la literatura se haga real. Puedo reconocerlo en mí. Así, esta historia, llevada hasta sus últimas consecuencias, me fascina por cómo pudo sostenerse en el tiempo.
La escritora canadiense Elizabeth Smart (1913-1986) descubrió a los veintitrés años en una librería de Londres, los poemas del poeta británico George Barker (brillante pero también inmaduro y egocéntrico) y supo (o decidió) que era el hombre de su vida.
Así fue.
Lo buscó durante tres años, hasta lograr encontrarlo mediante Lawrence Durrell, a mediados de los años cuarenta. Barker era un hombre casado. De la correspondencia pasaron a los encuentros apasionados, tuvieron cuatro hijos pero él, pese a sus promesas, nunca abandonó a su esposa (Barker tuvo un total de quince hijos con diferentes mujeres).
En los primeros meses de gestación de su primer embarazo Smart escribió By Grand Central Station I Sat Down and Wept (En Grand Central Station me senté y lloré. Periférica. 2009. Traducción de Laura Freixas), un libro breve de gran intensidad con un lenguaje sensual lleno de poesía, de imágenes contrariadas que fluctúan sin descanso (y sí, definitivamente el terrorífico Paulo Coelho seudo-plagió el título al publicar en 1995 a orillas del río piedra me senté y lloré, seguro que plenamente convencido de que Smart y él no tendrían los mismos lectores). El libro fue escrito en 1945, Barker le respondió con una novela; La gaviota muerta, publicada en 1950.
La de ellos fue una relación incorregible, mezclada con el alcohol (ella llegó a partirle los labios de un mordisco) y la bisexualidad de ambos. Sorprende que pese a todo, Barker nunca eligiera a Smart; aunque éste se divorció de su primera mujer, volvió a casarse con otra.

En el libro, Smarth pasa de los estados más álgidos a la derrota, como olas que van y vienen, desmedidas.

El sí:

“Todo lo que tocas acaba de nacer” (Smart:2009:43)
“Pensar una respuesta es como despertar a alguien que duerme con un sueño de plomo y ansía seguir durmiendo” (Smart:2009:45)
“Recuerda que la tentación para tí no soy yo: es todo aquello que te desvía de mí (…) Recuerda: yo no soy el desahogo, soy la meta” (Smart:2009:81)
El no:

“Demasiado bien entiendo que bajo nuestras caras de amantes heroicas todas somos la mujer de Lot y miramos atrás” (Smart:2009:108)
“Cómo podía poner el amor a la altura de la esperanzas, si mis esperanzas son suicidas, desquiciadas, mientras el asunto es sencillísimo” (Smart:2009:102)
“Me juro invulnerable; sin piedad calibro sus defectos; me pregunto, con lujoso desdén, quién puede caer en semejante trampa”. (Smart:2009:18)

Christopher Barker, uno de los hijos que la pareja tuvo en común, hablaba así de la relación de sus padres:

Most of my adult life I have been affected by a perplexing anger at my father's behaviour and, having been asked to write an account of their lives by a publisher, felt it might help explain and diffuse this. Although I have been a photographer in my professional life, the first thing I came to understand was that this choice of career was a perverse reaction to my father. (The Observer, Sunday 20 August 2006)

Elizabeth Smart sacó adelante a sus cuatro hijos sola, trabajando como periodista.
Vivió siempre en Inglaterra, cerca de Barker.
Murió de un ataque al corazón.