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La educación física (Pre-textos, 2010)

Pablo Fidalgo (Vigo, 1984) era fácil de reconocer. Antes de leer un libro considero necesario saber quién lo escribe. De dónde viene. Qué le ha ocurrido. Pablo Fidalgo tiene algo que contar. Lo ví por primera vez a los pocos meses de llegar a Madrid, coincidimos en el Círculo de Bellas Artes, en una rueda de prensa en la que se celebraba el aniversario del desaparecido cultural Blanco y negro de ABC.  Coincidí con él después del evento, esperando la llegada del metro. Teníamos dieciocho años. Se acercó a mí sonriendo y así comenzó mi amor por él. Utilizaba un lenguaje muy distinto al resto, en los ojos le brillaba el entusiasmo de un niño, enfermo pero vibrante, muy Thomas Bernhard. Él aún no había ingresado en la RESAD a estudiar dramaturgia, era un personaje literario en toda regla, como si acabara de salir de algún libro. Ya por entonces, sin prisa, toda su ocupación era reeducarse, alimentarse de libros, conocer todo lo necesario, vivir. Esa era la mayor urgencia. Yo admiraba su convicción, su ausencia de miedo; el sabía que lo estaba haciendo bien. Despacio y bien. Poco a poco fue creando una legión de hijos que lo escuchábamos con atención. Algunos se perdieron en el camino, otros seguimos amándolo, de cualquier modo su huella es imborrable. Pide todo el amor que te mereces/  Pasarán todas las luces por tu vida./  Tú eres el único que puede apagarlas/  o decirles la verdad. Él siempre supo quién era, esto es importante. Recuerdo sus cuadernos repletos de versos, cómo los sacaba para anotar frases en mitad de una película en la filmoteca. Recuerdo su vieja mochila, siempre llena de libros nuevos. Luego llegó La tristura, el éxito no fue sorpresivo, él ya sólo aguardaba el momento, su aparición. Tampoco fue una sorpresa que Clara Janés aplaudiera sus versos cuando él no tenía más de veintiún años, ni que Manuel Borrás le diera el sí, quiero, nada más leerlo, ni que su primera publicación sea elegida como uno de los cinco mejores libros de poesía del 2010. Pablo Fidalgo supo esperar sin perderse en el mientras tanto. Como no podía ser de otro modo, su primer libro, La educación física (Pre-textos, 2010), se publica en una de las mejores editoriales de poesía del país. Nadie cuestiona la inclusión de un autor tan joven en una colección de tanto prestigio. Es impecable. Al abrir el libro azul uno sabe que está frente a algo completamente nuevo. Algo que es verdad. Las frases limpias pese a que han sido muchas veces repensadas. La juventud estudiada, cuestionada; expuesta como un cuerpo desnudo ardiendo en pleno invierno. La belleza escurridiza de la inocencia, la caducidad de lo intenso. Nadie se tomó la juventud/ tan en serio como nosotros./ Nos amamos sólo al recordar/ que la vida se acabará mañana. El trabajo en solitario, luego en grupo (real, sin omitir detalles), ese esfuerzo constante, un entrenamiento diario por ser como el ejemplo, por ser; el fracaso rotundo. La inevitabilidad de la caída, el dolor de la lucidez. Porque nunca aprendimos a ir a dormir/ sin que pareciera un fracaso. Pablo Fidalgo lo confiesa todo en un libro que nos atañe, muy difícil de escribir y más complejo aún de vivir. Como él  anuncia; Elegimos la forma más lenta de volver a casa/ pero ya estamos cerca.