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Alberto Chessa, La osamenta (Accésit Premio Adonáis 2010). Madrid: Ediciones Rialp


Lleva razón Jordi Doce en su prólogo al calificar este poemario de “libro de sedimentos”,  de “autobiografía” a través de muchos espejos. Sucede también que uno no está acostumbrado a encontrarse a un autor que pula paciente con constancia y durante tanto tiempo; así, este primer libro, en lugar del arrebato de un novel al uso, está cuidadosamente seleccionado; lo mejor desde 1994 hasta 2010. Podemos decir que nos encontramos ante algo profundamente innovador, una primera publicación que se asemeja sin embargo, a una antología. Aún más complicado es que, pese a los catorce años de diferencia entre unos versos y otros, ni el transcurso del tiempo ni la variación de escenario (Murcia, Madrid, Granada, Cerdeña) son perceptibles. El mismo dolor sostenido por una columna vertebral inmutable. “Basta de recordar lo no vivido” (Chessa: 2011:18). Lo que importa permanece sin perder su peso. Encuentro poemas maravillosos, como Historia de dos ciudades, De noche o Nocturnia, que explican con una delicadeza exquisita sentimientos con los que me identifico y que me resultan difíciles de comunicar. Pero es sólo al final del libro, después de haber caminado un largo trecho con el autor, cuando descubrimos la raíz, la herida viva frontal, tan abierta, los versos secos, más desgarradores. Y después de tantas Yermas, de afrontar la fecundidad siempre desde el punto de vista de la madre,  nos encontramos a un padre muy diferente del que describía Sharon Olds; el no padre.

De noche

De noche,
Cuando todas las luces han cesado
Me asomo para comprobar
Que en las casas de enfrente
Hay siempre iluminadas tres o cuatro ventanas.
Observo de reojo, como en teatro de sombras,
Siluetas de otras vidas,
Carentes de atractivo y atributo mayor.
A veces les construyo diálogos imposibles,
Alguna riña destemplada,
Algún verso de amor redondeado
Por el haz que desprende a pocos metros
El aparato de televisión.
Y aunque sé que no es cierto,
Acabo dando vueltas en la cama
Pensando
Que ellos sí son felices.

Alberto Chessa