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 Ana Vidal Egea


Apología de la intensidad


También he probado los mantras budistas, la depuración alimentaria, el yoga a diario, la meditación continuada para parar la mente. He intentado, con mucho esfuerzo, ralentizar mi ritmo; disfrutar de las detenciones abruptas, inesperadas y forzosas; aprender a autoregularme; medirme… Durante temporadas he abandonado todo vicio para que la entrega a la serenidad fuera sin concesiones, para limpiarme del todo de mis pensamientos más potentes y amenazadores.  He tratado de domesticar mis deseos para protegerme; he ejercitado el sentido común cuando más me dolía; me he esforzado por no tomar decisiones importantes de noche y he intentado dominar los impulsos para moderar las consecuencias. Pero eso no quiere decir que prefiera ni que defienda la mente que nunca llega a lo más alto, que no se permite ni puntualmente el éxtasis ligero, frágil, efímero pero sublime, de abandonar todo límite mental o físico y dejarse caer sin miedo, sin mente, al sentimiento.
Sigue sorprendiéndome qué pocos obedecen a la emoción; cuánta seguridad, cuánta confianza cree necesitar la mayoría para ser libre.  La duda está presente en todos sin excepción, como característica intrínseca al ser humano. Nadie niega la dificultad que implica abrir una puerta hacia el abismo sin saber lo que se va a encontrar después. Justifican la cobardía diciendo que no son artistas (como si fuéramos especies diferentes), hablan de cordura cuando se refieren a la razón como si nadie que creyera en su intuición/instinto pudiera estar en su sano juicio. No reivindico el exceso (que es casi siempre vulgar) hablo de la intensidad,  que es una sensibilidad extrema, de una belleza que conmueve y que traspasa. De asumir riesgos. De entregarse de verdad a un proyecto, a una persona. De implicarse en cada cosa que se haga. De esforzarse por dar lo mejor de uno mismo. De ser y estar con conciencia, entero. De ser honesto con los demás, con uno mismo. Hablo de no evitar los espejos. Hablo de aceptar el desnudo, a veces sórdido. Hablo de atreverse a ser verdad.
Sí, no sólo el tropiezo, sino que la caída será inevitable. Y caeremos una y otra vez, y cada vez será más grave, seremos más viejos y quizá más torpes, estaremos más solos y nos costará más levantarnos. Pero nos levantaremos. Y cuando volvamos a estar de pie, nos habremos ganado el respeto de los otros.
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