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January in Sub-urbano





Hace unos días comentaba con una amiga cómo algo como un mero problema odontológico (y más en un país como Estados Unidos) puede desencadenar un conflicto existencial que nos lleve a cuestionarnos nuestro estilo de vida, el dinero que ganamos, con quién contamos, asumir nuestro deterioro gradual… Así, una simple muela, como una buena película puede fácilmente convertirse en un punto de inflexión, del mismo modo que un fallecimiento o la aparición de una persona nueva: ver es cuestión de un instante.  Lo interesante es notar cómo el suceso nos transforma, en quiénes nos convertimos después. Se nos empuja al salto.
En mi caso, pese a que la literatura está muy presente en mi vida y a veces me expongo a experiencias sólo por la autoimposición de disfrutarlas o sufrirlas (vivir hasta el extremo, hasta que se huele el peligro y como animal se corre en dirección contraria), hay ocasiones en las que he sido muy reacia al cambio. Ha habido períodos de tiempo  en los que las cosas a mi alrededor dejaban simplemente de funcionar, ya fuera en un nivel sentimental, laboral o material…todo empezaba a fallar, o a desarrollarse con torpeza, ralentizado. Cada vez peor. Pero seguía obstinada en seguir haciendo lo que estaba haciendo, en el mismo lugar, con la misma compañía; porque aunque interiormente se sabe que el cambio es necesario, (de igual modo que se ven los relámpagos, sin sonido y efímeros, antes de que llegue la tormenta), es difícil atreverse y uno espera como el condenado a muerte que guarda la esperanza de ser absuelto de su sentencia final.  Cuando la reacción no se produce de forma natural, elegida, aparece el accidente.  Así, en mi caso puedo hablar de un accidente de coche, una rotura de peroné, una traición o una operación de urgencia… En el caso de otros puede ser un desahucio, el diagnóstico de una enfermedad terminal, un despido… Uno se ve abocado al cambio y a sus consecuencias.
A nadie le gusta pasar pruebas; los exámenes en el colegio nos ponían nerviosos, no nos gusta que nos juzguen sin conocer todos los datos, son situaciones generalmente incómodas. No queremos saber cuando no estamos seguros de que nos vaya a agradar la respuesta, hay preguntas que nunca nos atrevemos a decir en voz alta. Y sin embargo,  en la vida de cada uno hay momentos cruciales que actúan de filtro. Que nos obligan a no engañarnos.  La purga resultante de quiénes nos han acompañado y quiénes nos han fallado es indiscriminada, impía, feroz, rápida y fulminante.  En esa evaluación involuntaria a la que sometemos a las personas de nuestro entorno obtenemos nuestro presente; con quiénes contamos ahora.  Nuestros recursos reales. Nos enfrentamos desnudos y desarmados a la verdad.  Se nos obliga a mirar de frente, a abandonar el refugio. Y aunque al principio es duro, (cortados ya los lastres, lejos ya de lo viejo), nos quedan sólo las cicatrices y es maravillosa después la sensación de higiene,  el olor a limpieza.



 War wounds
A few days ago I was speaking with a friend about how something like a simple dental problem (and more in a country like the United States) can trigger an existential conflict that leads us to question our lifestyle, the money we earn, with who we are…  to assume our gradual deterioration … Therefore, a simple crush, like a good movie, can easily become a turning point, just as a death or the onset of a new person: to see is a matter of an instant. The interesting point is to note how the event transforms us,  into who we become later. It pushes us to jump.
In my case, although the literature is very present in my life and sometimes I’m exposed to experiences only self-imposed to enjoy them or suffer them (to live until the extreme, until smell the danger like an animal and run in the opposite direction), there are times when I have been very reluctant to change. There have been periods of time where things around me just stopped working, either on a sentimental, labor or material level… everything began to fail, or clumsily developed, slowed down, badly. Getting worse. But I was always determined on doing what I was doing, in the same place, with the same company, because even if one inwardly knows that change is needed, (just as you see the lightning, without sound and ephemeral, before storm hits), it is difficult to dare; one prefers to wait as the condemned man who keeps hoping to be absolved of his final judgment. When the reaction does not occur naturally chosen,  crash appears. So, in my case I can talk about a car accident, a broken fibula, a betrayal or an emergency operation … For others it may be an eviction, the diagnosis of a terminal illness, a layoff … One is forced to the change and its consequences.
Nobody likes to pass tests, we hated exams at school, we do not like to be judged by others who don’t know all the facts; are generally uncomfortable situations. We don’t want to know when we are not sure if we’re going to like the answer, there are questions that we never dare to say out loud. And yet, in each one life there are crucial moments that act as a filtrer and that force us to not cheat ourselves. The resulting purge of who have been with us and who have failed us is indiscriminate, unholy, fierce, fast and explosive. In this involuntary evaluation to which we submit the persons of our environment we obtain our present; whom we possess now. Our real resources. We face nake and disarmed the truth. We’re force to looking abreast, to leaving the refuge. And though initially it is hard, (cut already the ballasts, already distant of the old things), we have only the scars and later there is wonderful the sensation of hygiene, the smell of cleanliness.